He sido de lazos débiles, sin preocuparme demasiado en
profundizarlos, sin importarme la fecha de caducidad. Quizás demasiado
concentrada en mí, quizás excesivamente enamorada de la soledad. O puede simplemente
que no conociera otros tipos de lazo. Puede incluso que los ansiara. Entonces
llegaste tú, exigiendo, tejiendo sobre aquel hilo hasta convertirlo en una
cadena. Tirando fuertemente hasta que tú misma anudaste mi parte. Exigiendo,
exigiendo. “No lo sabes, pero serás mi mejor amiga”. En cierta forma aquello me
hizo feliz, ¿a quién no le gusta ser perseguida? Pero seguí evitándote, no sé
qué te hizo ver que congeniaríamos. ¡Madre mía! ¡No teníamos nada que ver! Posiblemente
eras una de las personas más distintas a mí. Al final tuviste toda la razón, teníamos
que ser amigas, inmersas en una amistad peculiar, difícil de explicar. Seguimos
sin tener nada que ver. Posiblemente eso nos hace más complementarias. Fuiste
el primer lazo atado fuertemente a mi muñeca. Ahora tengo unos cuantos más. A
veces peco de estúpida, pensando que no los necesito. Cabezona como yo sola.
Otras tiro fuerte, hasta notarlos estrangularme la muñeca, a punto de sacarme
el brazo.
¿Sabes? Este es un lazo del que no me cansare de tirar, para
que no se rompa.