En una lúgubre tienda de antigüedades encontré el objeto más
insólito que jamás soñé tocar. Era una lámpara pequeña y dorada, tan antigua y
oxidada, que temblé de emoción inmersa en recuerdos de cuentos infantiles y
leyendas fantásticas. La froté y asombrada vi al genio aparecer. Un segundo
después me arrepentí, no era eso lo que esperaba, al menos no a ese genio. Era
tenebroso, parecía un ser recién salido de los infiernos. Me ofreció despertar
de este sueño llamado realidad. Temerosa, acepte. No fue mucho tiempo, escasos
minutos. Aunque para mi fueron semanas. Aprendí muchas cosas. Lloré mucho hasta
que descubrí que era fuerte, más de lo que nunca había pensado. Me caí para darme
cuenta de que no sabía andar. Que toda la vida había estado aferrándome a unas
muletas invisibles. Y el sol me quemó las retinas hasta que pude ver la
cantidad de matices que hay entre luz y oscuridad. Y cuando fui feliz, cuando
vi que el mundo era mucho más de lo que yo esperaba o tenía. Volvió. Con una
sonrisa socarrona me hizo saber que el tiempo se había acabado. “Hora de volver”.
Reía extasiado, quizás pensaba que ver aquello me destruiría, me haría ver cuán
inútil y sin sentido era mi vida. Tardó unos segundos en darse cuenta de que en
realidad había aprendido mucho en ese
viaje, que era feliz al ver mi realidad hecha pedazos en el suelo, fantaseaba
sobre cómo podría reconstruirla. Aquello pareció enfurecerle, quizás le había quitado
el entretenimiento de ese día. Y yo fui estúpida, debí engañarlo. Porque fue
cruel, reconstruyó mi realidad dejándola intacta y me devolvió a ella con
crueldad. Me pegó las muletas a las manos. Al principio quería revelarme. “He
aprendido muchas cosas genio estúpido, esto no acabara así”. Sus risas eran mi
única respuesta. Y la rutina acabo engulléndome. Aunque secretamente una parte de mi sigue
agarrando las muletas fuertemente, con rabia y rencor, ya no tanto hacia el
genio, más hacia mí misma.
Pronto volverás a olvidar cómo se anda. Reacciona estúpida.