Ayer entre susurros, volvías a cantarme al oído tu perpetua melodía. Aquella llena de sueños y esperanzas. Ilusiones que me llenan la cabeza de pajaritos. Esa que me hace reír sin ninguna razón. Tu melodía, llena de vacío. Llena de mentiras. Confundiendo mi razón, engañando a mis sentidos. Pero con el sol vuelve tu afonía. Castigo a tus pecados nocturnos. Y una vez tu hechizo se desvanece, vuelvo a mi perpetua casilla en este tablero de ajedrez al que algunos llaman vida. Siempre ha sido así, negras contra blancas. Y luego, quizás, yo. Esa pieza paralizada, ajena, escondida en la esquina de su casilla, que sólo observa el desarrollo de la partida. Sin moverse, tentada de avanzar, pero sin saber qué lado escoger. Veo el premio de la partida con ansia. Colocado con pulcritud en el atril, con tapas color aceituna y bordes plateados. Resplandece como siempre lo ha hecho. El libro que siempre he deseado leer. Aquel que trae la verdad y el futuro. Y mi ansia no puede ser ya mayor. Y vuelvo a ver mis opciones, las dos casillas posibles a escoger. Negro o negro. Derecha o izquierda. Y ya no recuerdo siquiera el porqué sólo estan esas dos opciones. Ya no recuerdo ni que pieza era. Y vuelvo a escuchar tu melodía, pero esta vez es mi mente quien la canta. Y casi puedo oírte reír sentada en tu trono diurno. Pero te equivocas de persona. No eres consciente de que no me importa nada, ni este tablero, ni sus reglas y mucho menos tu melodía. Porque he decidido que nada me va a parar. Porque no me importa que mi elección deba ser negra. Yo escojo lo que quiero. Y es blanco y línea recta. Y me siento perversa y malvada al ver como todas las piezas me ven horrorizas, deteniendo la partida. Maravillada al oír tu grito consternado. Te he estropeado la diversión. Me rió casi enloquecida, última casilla y elijo convertirme en reina. Sé que todos queréis detenerme, pero no pararé, no os voy a dar ventaja. Porque voy a arrancar ese libro de su atril y a leer cada una de sus palabras. Y nadie me lo impedirá. Agarró los bajos de mi nuevo vestido y no me importa que mi corona se caiga en la carrera. Lo cojo extasiada y abro sus páginas con ansia. Y lloró. Sin límite ni fin. Sólo puedo llorar. Está en blanco. Ya nadie se mueve. La verdad ha sido dicha y las lágrimas caen sin parar. Ya sólo queda una cosa.
Felicidad al ver que puedo ser yo quien escriba todas y cada unas de las palabras de ese libro.
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